Salimos
de noche de Madrid, se nota fresco, es un verano fresquito. El punto de partida
Aldea del fresno, 8 de la mañana…..bañadores y zapatillas de agua, un palo.
¡Dios
qué frío hace¡
Miro
al cielo buscando el sol, que recién levantado se despereza en el
horizonte, peleándose con una maraña de
nubes que le están tapando su salida. La sensación de frío es mayor.
Nos
acercamos al río Alberche, tenemos que entrar en él, vamos a remontarlo a favor
de la corriente que no es grande. Me sorprende, es un río limpio, simpático,
agradable, variado, amplio, con tanta vegetación en las orillas que quedan
desdibujadas, dándole un aspecto selvático.
Un
día de aventura explorando el rio, solos, metiéndonos en sus aguas heladas transparentes.
La primera sensación es de hielo pero ya no hay marcha atrás iniciamos nuestra
andadura. Al principio el fondo son piedras llenas de verdín, después se va
combinando con arena y alguna planta acuática.
En
nuestro avance, el rio va cambiando de profundidad, en algunos tramos los pies
dejan de tocar el fondo y tenemos que nadar en el agua helada que nos corta la respiración a cada brazada que
damos. La sensación agobia un poco, parece que no vamos a llegar al otro lado.
A
veces en mitad del río encontramos isletas con troncos haciéndonos barricadas,
cerrándonos el paso a traición, trepamos por los troncos verdosos resbaladizos
venciendo todos los obstáculos. No sabemos si al otro lado nos espera una poza
profunda o si el río baja de nivel, la aventura está asegurada a cada paso que
damos.
Escuchar
tan cerca de nosotros el aleteo de los patos salvajes saliendo en estampida de
los juncos es tan delicioso, como contemplar su bello colorido.
Ya
totalmente mojados vamos caminando por el agua, tiritando de frío, imposible
parar.
- “Mª Jesús ahógate o haz lo que quieras pero no nos detengas”….comentan
a una rezagada.
El
sol está atrapado por las nubes en un abrazo tan intenso que tarda dos horas en
librarse de ellas para empezar a hacer efecto. Con los primeros rayos abrimos
los brazos como los cormoranes abren las alas buscando el calor del sol.
Descansamos
en una isla de arena fina y blanca, y nos calentamos un poco.
Parece
Vietnam con el ruido de pájaros y los matorrales que nos impiden ver la orilla
y las raíces de los arboles dentro del agua. Algún barbo de buen tamaño se
pasea cerca de nosotros.
Ya
en el último tramo el Alberche se llena de gente que acude los domingos a lo
que llaman “la playa de Madrid”. La gente nos mira curiosa desde sus barbacoas
en la orilla.
Anduvimos
río abajo 8 kilómetros. En nuestro último tramo
el sol es una esfera poderosa que calienta como lo hace en un mes de
agosto. Ahora si se agradece el contacto del agua y sentimos que termine
nuestra aventura acuática.
Madrid 18 de agosto de 2014