Un viaje
alucinante, un remanso de paz....sorprende el sonido del silencio por esos
valles desérticos.
En el camino nos encontramos con algunas familias de
beduinos nómadas con sus cabrillas que nos ofrecen té en su tienda, con una
sonrisa, con sus hijos descalzos y sucios en mitad de la nada. No tienen
juguetes, ni casi comida, ni agua, pero tienen un cielo de estrellas
“flipante”, y la libertad de vivir en la naturaleza en su estado puro...
Otra historia y otro mundo, tan cerca y tan lejos. Algo para reflexionar y aprender.
Seguimos avanzando, trepamos por grutas de
roca pintadas de colores. Lluvia fuerte que no filtra en el suelo y se vuelve
torrencial y te arrastra y te llena de barro.
Frío y lluvia. Sol y viento. Algún
pajarillo blanco y negro. Plantas carnosas, verdes, venenosas con un bulbo
blanco, van tapizando el camino, tan venenosas que ni las cabras se atreven con
ellas.
Ríos secos que en unas horas se llenan de
agua para canalizar la intensa lluvia. Silencio, soledad. Tierra dura, arenosa,
moles de piedra sudando arena de colores suaves que esparcen por el suelo
formando playas entre montañas.
Caminamos por montañas y
valles hasta llegar a Petra por la parte más alta. Nos damos de
bruces con los tenderetes de atractivos beduinos de ojos pintados, vestidos de
negro, algunos montan caballos engalanados. Hay niños con burros y algún
camello.
Son los príncipes de los reinos de
arena, los aladinos de las cuevas de mil colores.
Ellos nos venden un cuento a caballo, mientras
sus mujeres enlutadas y sus chiquillos venden “souvenirs” envueltos en
polvo arcilloso. ¡Tres piedras un dinar¡
Es su medio de vida para atraer cada día la riada de turistas que acuden boquiabiertos
a la ciudad de arena para soñar ser Indiana Jones. Ese paraíso que la naturaleza
modeló caprichosamente, que es la tierra de cuento que habitan.
Petra, fin de año 2013.