martes, 21 de mayo de 2013

Saboreando los colores de la primavera

Subiendo a la Almenara, un pico pequeño al final de la sierra de Guadarrama, con una pedrera en la cima y un final aventurero con un poco de trepada suave. El día amenaza lluvia pero no importa, ¡estamos envueltos en tanto color ¡

Desde el inicio el camino es una alfombra verde, gigantesca, plagada de flores tapizándolo todo, la capa es alta, densa, muy húmeda, tan densa que esconde, las piedras, las ramas, las caquitas de vaca y nos hace andar por ella con mil ojos para no resbalar. El campo se exhibe orgulloso con su traje de mil colores, este año más orgulloso que nunca.

Impresiona el gran desfile floral, margaritas, amapolas, dientes de león, estilizados gamones apuntando al cielo, florecillas desconocidas, amarillas, moradas, rosas. Las flores de los arbustos las blancas de la Jara y las amarillas de la Retama.

Pero hoy nos encontramos con la mejor de las sorpresas, ¡ han florecido las peonias ¡ esas flores rosa fucsia enormes, tan atractivas como efímeras.

Un conejito marrón, aparece en el camino, nos ve llegando,  se para, se levanta un poco sobre sus patas traseras para cotillear  y se tira de cabeza en las margaritas para esconderse de nosotros
En la última parte de subida a la Almenara escalamos un poco para alcanzar la cima y disfrutar de las vistas.

A lo lejos, cargadas de nieve se divisan la Bola del Mundo y la Maliciosa.

Al bajar empieza a caer un granizo fino que no moja ni molesta, nos dirigimos al otro pico el  Almojón .Esta vez no hay camino,  lo vamos haciendo nosotros al andar, la hierba y las flores nos sobrepasan la rodilla, esta resbaloso y las piedras de granito a veces no se ven escondidas en la maraña de color. Desde la pedrera de la cumbre vemos bajar brincando  toda una familia entera de cabras, asustadas por nuestra presencia.

Un pinzón nos recibe cantando sin parar a nuestro paso, su canto potente, sus vivos colores y cercanía nos hacen parar para contemplarlo


En nuestra caminata de hoy  parece que estuviéramos dentro de una película de dibujos animados,  atravesando un jardín multicolor, entre moles de granito rodeados de flores,  de trinos de pájaros y sorteando vaquitas blancas y negras. 

¡Qué día tan feliz de primavera ¡

martes, 14 de mayo de 2013

UN POCO DE BUCEO en CUBA

No hace excesivo calor en la barcaza, nos dan las gafas y las aletas, me cuesta encontrar unas de mi tamaño. Nos vamos aproximando lentamente  a la barrera de coral, una especie de roca se levanta en medio del agua,  no estamos lejos de la costa, no cubre demasiado, unos  2 metros y medio aproximadamente, y  no se ven delfines en el horizonte, si no, no me tiro ni loca, Stephen Spielberg  ya traumatizó mi adolescencia con la película de Tiburón y  desde entonces hay un antes y un después en mi relación con el mar, especialmente en aguas oscuras y desconocidas.
Afortunadamente este no era el caso,  eran las aguas del Atlántico Cubano, y   yo estaba tranquila y dispuesta a bucear en esas aguas atlánticas verde esmeralda.
Salto del barco con mis aletas y las gafas, el agua no impresiona, está en su punto, ni fría ni caliente. Rápidamente me sorprendo del cambio de medio, del impresionante  mundo inapreciable desde la superficie, del que empiezo a formar parte y orgullosamente protagonizo, por mi tamaño en relación con ese interior.
Ya desde el inicio me topo con un montón de peces idénticos, gemelísimos , amarillos de rayas negras, típicos de los acuarios, hay muchísimos, se mueven por todos lados, intento tocarlos pues se mueven lentamente,  pero no es posible, se escapan de mis manos con demasiada facilidad.   Me gustaría jugar con ellos.




Son tan gregarios que parecen las ovejas del mar, de entre todos ellos a veces se divisan otras especies, así puedo ver otro todo amarillo que solitario intenta buscar algo dentro de un coral anaranjado, hay otros marrones aplastados que van de dos en dos. Avanzo, y  lo único que suena en este escenario es mi respiración, como si estuviera conectada a un respirador artificial, ¿me oirán los peces? A mí me resulta monstruoso.
 Sumergida en el agua, tras la inmersión llega un momento que tienes la sensación que el agua no moja, te envuelve sin crearte  esa sensación. Parece que estás suspendida en un medio más denso que el aire y todo lo demás es silencio y vaivén alrededor de ese silencio, como una película de cine mudo, llena de paz y sosiego. Todo es armonía allí abajo.
Con las aletas logro velocidad y llego a una zona llena de corales de distintas formas, amarillos y marrones, unos con forma de árbol y otros redondos con surcos,  como cerebros gigantes posados en el fondo del mar y arropados por plantas formando abanicos que se mueven lentamente,  con el vaivén que lo envuelve todo.  Abanicos  morados y mostaza.
En la arena del fondo descubro contenta  una estrella de mar, es de un tono más rojizo, intento acercarme a ella lo más que puedo, no quiero tocarla, para mí es como un ser sagrado allá abajo, y me alegro de encontrarla pues me auguro buena  suerte.
La inmersión me relaja, me fascina, como un niño que con la nariz pegada al cristal de un acuario sueña que está dentro de él, solo que esta vez es real, estuve dentro de un acuario infinito y lo disfrute, lo disfrute mucho.