lunes, 17 de febrero de 2014

Caminando por los Wadis de Jordania

Un viaje alucinante, un remanso de paz....sorprende el sonido del silencio por esos valles desérticos.
En el camino nos encontramos con algunas familias de beduinos nómadas con sus cabrillas que nos ofrecen té en su tienda, con una sonrisa, con sus hijos descalzos y sucios en mitad de la nada. No tienen juguetes,  ni casi comida, ni agua, pero tienen un cielo de estrellas “flipante”, y la libertad de vivir en la naturaleza en su estado puro...


Otra historia y otro mundo, tan cerca y tan lejos. Algo para reflexionar y aprender.


Seguimos avanzando, trepamos por grutas de roca pintadas de colores. Lluvia fuerte que no filtra en el suelo y se vuelve torrencial y te arrastra y te llena de barro.
 Frío y lluvia. Sol y viento. Algún pajarillo blanco y negro. Plantas carnosas, verdes, venenosas con un bulbo blanco, van tapizando el camino, tan venenosas que ni las cabras se atreven con ellas.
Ríos secos que en unas horas se llenan de agua para canalizar la intensa lluvia. Silencio, soledad. Tierra dura, arenosa, moles de piedra sudando arena de colores suaves que esparcen por el suelo formando playas entre montañas.
Caminamos por montañas y valles  hasta llegar a Petra por la parte más alta. Nos damos de bruces con los tenderetes de atractivos beduinos de ojos pintados, vestidos de negro, algunos montan caballos engalanados. Hay niños con burros y algún camello.
Son los príncipes de los reinos de arena, los aladinos de las cuevas de mil colores.
Ellos nos venden un cuento a caballo, mientras sus mujeres enlutadas y sus chiquillos venden “souvenirs” envueltos en polvo arcilloso. ¡Tres piedras un dinar¡
Es su medio de vida para atraer cada día  la riada de turistas que acuden boquiabiertos a la ciudad de arena para soñar ser Indiana Jones. Ese paraíso que la naturaleza modeló caprichosamente, que es la tierra de cuento que habitan.

Petra, fin de año 2013.


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