Entramos en el Desierto de Danakil, Etiopía la sabana se va transformando en piedra sin apenas vegetación, y después la piedra se va transformando en lava, extendiéndose como un mar.
Sorprendentemente si hay agua en el desierto, bastante, subterránea. Donde menos te lo esperas surge un rio, que medio ahogado por la arena se convierte en un lodazal gigante capaz de engullirte, donde los coches quedan atrapados al intentar cruzarlo.
Para salir de allí, vamos en búsqueda de otra ruta alternativa, con la ayuda de un guía del pueblo Afar que habita estos territorios.
Chocitas de palos, chocitas de piedra, chocitas de barro….construidas en la nada ardiente.
Gente dura y resistente, en medio de un calor sofocante. Niños que surgen del polvo, de las piedras, de la lava. Se acercan corriendo a nuestro paso, nos piden nuestras botellas de plástico, es el mejor regalo.
Las mujeres tapadas no nos dejan ver su rostro, se ocultan al vernos, ellas son las recolectoras de agua, ese agua del barro que filtran para beber.
Estamos a 38 grados dentro del coche, el agua está caliente como de ducha, pero no podemos dejar de beberla, hace calor y no sabemos cuándo vamos a salir de ese desierto, estamos dando rodeos para esquivar el barro, el horizonte es polvo infinito que se nos hace interminable.
La sensación es nueva, el agua caliente que entra en tu cuerpo no circula por tus circuitos saciadores de sed , y parece como si volviera a salir por un agujero gigante en tu estómago, así el efecto es nulo, no calma, no sacia, pero es peor no tener ese liquido caliente.
Ahora ya conozco la verdadera sed , la sed insaciable, donde el agua sólo te empapucha el cuerpo y te libera de todos tus electrolitos y con ellos de tu fuerza.
Cuando ya anochecido conseguimos llegar a un poblado, nos ofrecen unas cocacolas sanadoras un poco frescas, me bebo tres seguidas. ¡Es la mejor cocacola del mundo!.
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