Recorremos el cañón por un camino minúsculo y zigzagueante, donde las piedras incrustadas en algunos tramos nos hacen saltar de los sillines y le dan un toque de aventura a nuestra ruta, sobre todo por el precipicio que tenemos a nuestra izquierda.

Nos topamos con nuestra primera sorpresa, una gran cascada doble, donde el agua baja con gran fuerza, refrescándolo todo.
Después de otro tramo llegamos a una presa grande, encontramos una poza con el agua totalmente desorbitada saliendo a borbotones que nos atrae desde la barandilla. Una lavandera cascadeña nos saluda desde abajo, ella es mucho más rápida que nosotros y salta de un lado a otro de la presa jugando con el agua.
En la excursión hacemos una circular y podemos contemplar con orgullo el cañón desde el otro lado del camino. Nuestro esfuerzo es recompensado con las vistas y un poco de buen queso.
Vemos media docena de abejarucos colgados en los cables de la luz como si fueran notas musicales naranjas y verdes, la combinación de colores es brutal.
De vuelta somos atraídos por un puente de madera salpicado de musgo, y nos paramos para despedirnos del rio. La luz va dejando la tarde y la orilla más oscura nos mete en un cuento, es la hora mágica del cambio de luz, donde las aguas se vuelven negras y los árboles de la orilla con sus troncos flotantes adoptan formas y movimientos humanos, por encima sus ramas como largos brazos ,luchan por abrazarlo todo. Mezclándose con ellas, varios murciélagos vuelan en busca de algún mosquito que llevarse a la boca.
Nos quedamos un buen rato atrapados, contemplando el río, estamos esperando la salida de los duendes, o ¿ seremos nosotros?

No hay comentarios:
Publicar un comentario